Advertencia

Este blog ha sido diseñado para que pueda realizarse una lectura, de un texto de San Bernardo, cada día del año. No obstante, en esta fase se unificarán progresivamente los capítulos para que también puedan leerse como pequeños libros completos. Igualmente se añadirán las cartas de San Bernardo, que nos permitirán hacernos una idea cronológica de en qué época y circunstancias fueron hechos tanto los escritos como los sermones (están en un blog aparte)

jueves, 6 de septiembre de 2012

LIBRO DE GRACIA Y LIBRE ALBEDRÍO: CAPÍTULO XXIV


Capítulo 24


     ¿En qué quedamos? ¿Perdió la libertad de elección al no poder evitar el pecado? En absoluto. Lo que perdió fue la libertad de deliberación, que le otorgaba la posibilidad de no pecar. Y también fue sometido a la turbación porque perdió la libertad  de complacencia, que le daba la posibilidad de no turbarse. 
     En ese caso, sin lugar  dudas, no sólo le falta la bondad a la voluntad, sino que la voluntad misma ya no existe, y, por lo tanto, ha desaparecido el libre  albedrío. 
     Pero cuando solamente se siente incapaz de hacer el bien, es señal de que le falta la libertad de deliberación, no la de elección. De igual manera, si es capaz de querer y no puede hacer el bien que quiere, es porque le falta la libertad de complacencia; pero mantiene intacta la libertad de elección. Por tanto el libre albedrío va siempre unido a la voluntad. Y sólo deja de existir cuando ha desaparecido la voluntad. Esta existe igualmente en los buenos  y en los malos. El libre albedrío permanece tan íntegro en unos como en otros. Y así como la voluntad no deja de ser ella misma, aunque se hunda en la miseria, sino que la llamamos y es una voluntad pobre, o en el caso contrario, una voluntad dichosa. Tampoco al libre albedrío lo puede anular o disminuir alguna clase de adversidad o coacción.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO: CAPÍTULO XXIII


Capítulo 23


     Por eso la caída  el pecador no se debe atribuir a la facultad de poder hacerlo, sino al vicio de la voluntad. Pero quien ha caído por su propia voluntad no es libre para levantarse gracias a esa voluntad. La voluntad tenía la posibilidad de no caer, mas no la de levantarse si caía. No es tan fácil salir de un precipicio como caer en él. El hombre cayó por su propia voluntad en el abismo del pecado. Pero no le basta la voluntad para poder salir de él, porque, aunque quiera, no puede evitar ya el pecado.

martes, 4 de septiembre de 2012

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO: CAPÍTULO XXII


Capítulo 22


    Recibió, pues, tres clases de libertad; pero como hizo mal uso de la libertad que llamamos de elección, se privó de las otras dos. El abuso consistió en que la utilizó para su propia gloria y la puso al servicio de su propia humillación, como nos dice la Escritura: El hombre nacido en honor no comprendió su dignidad; se puso al nivel  e las bestias y se hizo semejante a ellas. Entre todos los animales solamente el hombre tenía la posibilidad de pecar, por el privilegio de su libre albedrío. Pero no se le concedió para que pecase, sino para tener la gloria de no pecar pudiendo pecar. Qué mayor gloria para él que poderle aplicar lo que dice la Escritura: ¿Quién es? Vamos a felicitarlo. ¿Y  por qué merece esta alabanza? Hizo maravillas en su vida. ¿Cuáles? Pudo desviarse y no se desvió; pudo hacer el mal y no lo hizo. Este honor lo conservó mientras se abstuvo del pecado. Y lo perdió al pecado. Pecó porque era libre. Y era libre por su libertad de elección, la cual le otorga la posibilidad de pecar. La culpa de esto no está en el que se la dio, sino en el que abusó de ella. 
  La facultad que recibió  ara tener la gloria de no pecar, él la utilizó para pecar. Es verdad que pecó porque recibió la posibilidad de hacerlo. Pero no lo hizo porque pudo, sino porque quiso. Lo mismo sucedió con el diablo y los ángeles rebeldes. No se rebelaron porque pudieron, sino porque quisieron.

domingo, 2 de septiembre de 2012

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBITRIO: CAPÍTULO XXI


Capítulo 21


       ¿GOZO ADAN EN EL PARAISO DE ESTA TRIPLE LIBERTAD?-Ha llegado el momento de tratar la cuestión que antes diferimos: si el hombre y la mujer poseyeron en el paraíso las tres libertades: de elección, de deliberación y de complacencia. O hablando en otros términos: sobre el pecado, sobre la debilidad y sobre la coacción. Si tuvieron solamente dos de ellas, o una. Sobre la primera no hay lugar a duda, basta recordar lo anteriormente dicho. Existe por igual en los justos y pecadores. Pero debemos también preguntarnos si Adán tuvo las otras dos, o solamente una de ellas. Si no tuvo ninguna de las dos, ¿Que perdió? La libertad de elección la poseyó siempre íntegra, antes y después de pecar: Y si no perdió ninguna, ¿Que desgracia le sobrevino al ser expulsado de paraíso? Si tuvo una de las dos, ¿Cómo la perdió? Porque es cierto que desde que pecó no estuvo ya libre  el pecado ni de la debilidad en toda su vida. Por otra parte, si poseyó realmente alguna de estas tres libertades, jamás pudo perderlas. Porque, en ese caso, su sabiduría o su poder no habrían sido perfectos, como antes explicamos. Pudo querer lo que no era lícito y consentir en lo que no quería. ¿Diremos acaso que no las poseyó plenamente, sino en cierto grado, y por eso pudo perderlas? 
   CADA UNA DE ESTAS DOS LIBERTADES TIENE DOS GRADOS -Ambas libertades tienen dos grados. Uno superior y otro inferior. El grado superior de la libertad de deliberación consiste en no poder pecar. Y el inferior, en poder evitar el pecado. Igualmente el grado superior de la libertad de complacencia consiste en la imposibilidad de turbarse. Y el inferior, en poder evitar la turbación. El hombre recibió en su creación el grado inferior de estas dos libertades, junto con la perfecto libertad de elección. Al pecar se privó de ambas. Pasó de la posibilidad de evitar el pecado al de la necesidad de pecar, al perder totalmente la libertad de deliberación. Y de la posibilidad de evitar la turbación  pasó al de una turbación inevitable, al perder totalmente la libertad de complacencia. Sólo le quedó, para su propia desgracia, la libertad  de elección, por la cual perdió las otras dos. Esta, en cambio, no pudo perderla. Convertido en esclavo del pecado por su propia voluntad se privó justamente de la libertad de deliberación. Y el que era reo de muerte por su pecado, ¿cómo podía conservar la libertad de complacencia?

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO: CAPÍTULO XX


Capítulo 20 
    Estas dos cosas son las que antes mencionamos: saborear lo verdadero y tener plena capacidad de practicarlo. Lo primero va íntimamente ligado con la justicia, y lo segundo con la gloria. Debemos fijarnos en lo verdadero y en lo de plena capacidad. Lo primero para excluir la sabiduría de la carne, que es muerte, y el saber del mundo, que es necedad a los ojos de Dios -aunque los hombres se tengan por sabios-. Pero sabios sólo para el mal. Y lo segundo, para diferenciarlo del poder que tienen aquellos  e quienes se dice: A los poderosos les aguarda un riguroso tormento. Es imposible saborear la verdad y tener capacidad  plena de practicarla si al libre albedrío no le acompañan las dos cosas arriba mencionadas, es decir, libertad de deliberación y libertad de complacencia.
  Yo sólo considero verdaderamente sabio y poderoso al que, además de desear una cosa por su libre albedrío, llega a realizarla mediante las otras dos libertades. De tal modo que sea incapaz de desear el mal, y capaz siempre de realizar lo que quiere. Lo primero -conocer la verdad- le viene de la libertad de deliberación; y lo segundo -ser capaz de practicar la de la libertad de complacencia. Pero ¿Quién hay entre los mortales tan perfecto que pueda gloriarse de ello? ¿Dónde y cuándo podremos conseguirlo? ¿Acaso en esta vida? Esa persona sería mayor que Pablo, que confiesa humildemente: Hacer el bien no está en mis mano. ¿Y  Adán en el paraíso? Si hubiese sido capaz de ello jamás habría sido desterrado del Edén.

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ELBEDRÍO: CAPÍTULO XIX



Capítulo 19



    Por lo tanto, para que el querer de que gozamos por el libre albedrío sea perfecto, necesitamos una doble gracia. Por una parte, saborear la verdad, lo cual supone la conversión de la voluntad hacia el bien; y, por otra, la posibilidad de realizarlo, es decir, la confirmación en el bien.
   LA PERFECCIóN DE LA BUENA VOLUNTAD INCLUYE UN TRIPLE BIEN.-Es perfecta la conversión al bien cuando solamente nos complace lo que es conveniente o lícito. Y la confirmación en el bien es perfecta si no carece de nada de lo que desea. La voluntad alcanza la perfección cuando es plenamente buena y llena de bondad. Posee una doble cualidad original: una, por ser criatura -porque el Dios bueno todo lo hace bien- y, además, porque vio Dios todo lo que había hecho,y era muy bueno. La otra, por el libre albedrío, según el cual fue creada a imagen del Creador. Si a ello añadimos la conversión al Creador, entonces puede considerarse plenamente buena.
     Buena como toda criatura en general, superior a ellas por su naturaleza, y óptima cuando se ordena a sí misma. Esta ordenación consiste en la total conversión de la voluntad a Dios y en su sometimiento deliberado y ferviente, Esta justicia tan excelsa merece y lleva siempre consigo la plenitud de la gloria. Ambas están unidas, tan unidas que es imposible una justicia perfecta sin la gloria, y ésta sin aquélla. Y con razón es gloriosa esta justicia, porque no existe gloria verdadera sin ella. Por eso está escrito: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque se saciarán.

sábado, 1 de septiembre de 2012

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO: CAPÍTULO XVIII


Capítulo 18     

     EN QUÉ SE DISTINGUEN LA VOLUNTAD LIBRE, LA MALA Y LA BUENA.       Como criaturas  dotadas  de  voluntad libre somos, en cierto modo, dueños de nosotros mismos. Y por la voluntad buena nos hacemos propiedad de Dios. Dios creó a la voluntad en el bien, buena, libre, como la primicia de sus criaturas. Porque más nos valdría no haber existido que ser totalmente independientes. Pues los que aspiran a ser independientes, semejantes a Dios, conocedores del bien y del mal, en vez de hacerse dueños de sí mismos se convirtieron en esclavos del diablo. Por tanto, la voluntad libre nos hace dueños de nosotros, la mala nos somete al diablo y la buena a Dios. A esto se refiere aquella frase: El Señor conoce a los suyos. Porque de los que no sean suyos dice en otro lugar: Os aseguro que no os conozco. Cuando somos propiedad  el diablo -por la mala voluntad- no pertenecemos a Dios. Y cuando nos entregamos a Dios con buena voluntad, dejamos de pertenecer al diablo. Nadie puede estar al servicio de dos amos. Pero seamos de Dios o del diablo, no por eso dejamos de ser de nosotros mismos, porque en ambos casos permanece el libre albedrío y la raíz del mérito. Pues en atención a nuestros méritos, o nos condenamos como depravados -por habernos comportado libremente conforme a nuestra propia voluntad- o somos coronados por el bien.  
     Quien nos hace esclavos del demonio no es el libre albedrío, sino nuestra propia voluntad. Y quien nos somete a Dios es su gracia, no nuestra voluntad. El Dios de la bondad creó nuestra voluntad recta y buena, pero no será perfecta hasta que no se someta plenamente a su Creador. 
     Lejos de mí afirmar que de sí misma le viene a la voluntad la perfección, y de Dios la creación. Supone mucho más el ser perfecta que el ser hecha. Sería una blasfemia decir que lo menor procede de Dios y lo mayor de nosotros. El Apóstol sabía muy bien qué procede de la naturaleza y qué debía esperar de la gracia. Y exclama: El querer lo tengo a mano, pero el realizarlo no. Es decir, el querer era innato en él, por la liberad de elección; pero para tener un deseo perfecto sentía la necesidad de la gracia. Desear el mal es un defecto de la voluntad, querer el bien es un progreso, y ser capaz de hacer todo el bien posible es su perfección consumada.