Advertencia

Este blog ha sido diseñado para que pueda realizarse una lectura, de un texto de San Bernardo, cada día del año. No obstante, en esta fase se unificarán progresivamente los capítulos para que también puedan leerse como pequeños libros completos. Igualmente se añadirán las cartas de San Bernardo, que nos permitirán hacernos una idea cronológica de en qué época y circunstancias fueron hechos tanto los escritos como los sermones (están en un blog aparte)

sábado, 8 de diciembre de 2012

APOLOGÍA DE LOS DESASTRES EN TIERRA SANTA: CAPÍTULO IV


Posiblemente te preguntes por qué me entretengo en hablar de todo esto, cuando me había propuesto otra cuestión. Pero no lo hago porque se me haya olvidado, sino porque lo considero muy relacionado con mi propósito. Recuerdo muy bien que me he propuesto desarrollar ante tu santidad el tema de la consideración. Tema muy importante y digno de profunda reflexión. Por cierto, son los grandes personajes quienes deben considerar las cosas importantes. Entonces, ¿quién como tú podrá hacerlo con mayor interés, si no hay sobre la tierra otro semejante a ti? Sé  que lo harás así, pues para ello has recibido de lo alto la sabiduría y el poder. 
Dada mi pequeñez, me siento incapaz de indicarte cómo debes hacer las cosas. Será suficiente con haberte insinuado que debes actuar de alguna forma para aportar algún consuelo a la Iglesia, tapando la boca de tus detractores. Estas brevísimas consideraciones las hice a modo de apología. Espero haber depositado en tu conciencia las razones que dejan plenamente tranquila la mía ante mi responsabilidad y la tuya. Aunque serán insuficientes para esos que suelen juzgar las actuaciones ajenas solamente por su éxito. La justificación perfecta y absoluta de cada uno es el testimonio de su propia conciencia. Me importa muy poco lo que de mí opinen aquellos que le llaman mal al bien y bien al mal, tinieblas a la luz y luz a las tinieblas. Una de dos: o murmuran de nosotros dos o de Dios. Me siento feliz de poder servirle de escudo a mi Señor. Acojo con gusto las imprecaciones y los dardos blasfemos de mis detractores, con tal de que no lleguen hasta él. Aguanto cualquier afrenta para que no sufra menoscabo la gloria de mi Dios. Me sentiría plenamente feliz si de verdad pudiese decir: Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Es para mí un gran orgullo compartir la suerte de Cristo, que dijo: Las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Bien. Es hora ya de volver a nuestro tema y avanzar ordenadamente en nuestra exposición.

viernes, 7 de diciembre de 2012

APOLOGÍA DE LOS DESASTRES EN TIERRA SANTA: CAPÍTULO III



Pecó la tribu de Benjamín, y se aprestan las demás tribus a castigarla con la anuencia de Dios. Incluso él mismo designó al jefe que debía dirigir la batalla. Trábase el combate, confiados en que su ejército es mejor, en que su causa es más noble y, sobre todo, en que Dios está con ellos. Pero ¡qué terrible es Dios en sus designios con los hombres! Huyeron ante los malvados, los que iban a vengarse de la maldad y, siendo mucho más numerosos, cedieron ante un enemigo mucho más reducido. Recurren luego al Señor, y el Señor les dice: Volved. Van otra vez, y de nuevo son desbaratados y vencidos. Primero contaron con el favor de Dios. Ahora con su orden expresa. Se enfrentan en una batalla justa, y los justos sucumben dos veces. Fueron inferiores en la lucha, pero se hicieron más fuertes en la fe. 
¿Te imaginas lo que harían conmigo, en las actuales circunstancias, si otra vez por mi predicación volvieran los nuestros a la guerra y fueran también vencidos? ¿Crees que me escucharían si les exhortara a que por tercera vez repitieran el viaje y acometieran una hazaña en la que ya habían fracasado por dos veces. Pues ahí tienes a los israelitas que, sin tener en cuenta su repetido desastre, obedecen por tercera vez y vencen. Pero nuestros hombres dirían: ¿Y qué señal realizas tú para que viéndolo creamos? ¿Cuál es tu obra? No estaría bien que yo mismo lo contestase: no me lo permite mi pudor. Respóndeles tú en mi lugar y por ti mismo, conforme a lo que has visto y oído, o mejor, según lo que Dios te inspire.

jueves, 6 de diciembre de 2012

APOLOGÍA DE LOS DESASTRES EN TIERRA SANTA: CAPÍTULO II


Capítulo 2


Por lo demás, sería una gran temeridad humana atreverse a censurar lo que escapa plenamente a nuestra comprensión. Recordemos sus antiguos designios, que son eternos, y acaso lleguemos a consolarnos. Así lo afirmó un salmista: Recordando tus antiguos decretos, Señor, quedé consolado. 
Voy a recordar cosas que nadie ignora y parece que ahora todos las olvidamos. Así es el corazón del hombre. Lo que sabemos cuando no necesitamos saberlo, se nos olvida en el momento en que precisamos recordarlo. Cuando Moisés sacó a su pueblo del país de Egipto, les prometió otro mejor. Si no, su pueblo, tan apegado a aquella tierra, nunca lo hubiera seguido. Sí, lo sacó; pero no lo introdujo en el país que le prometió. Y, sin embargo, nadie podrá atribuir a la temeridad de aquel caudillo tan triste e inesperado desenlace. Todo lo hacía por orden del Señor, con la cooperación directa del Señor, confirmándolo con las señales que le acompañaban.
Pero dirás: Aquel pueblo era un pueblo testarudo, en querella siempre contra el Señor y contra su siervo Moisés. De acuerdo; eran unos incrédulos y rebeldes. ¿Y los nuestros? Pregúntaselo a ellos. ¿Por qué debo decirlo yo, si lo están confesando ellos mismos? Sólo me hago esta pregunta: ¿Cómo podían seguir adelante los que siempre se volvían hacia atrás en su caminar? A lo largo de su peregrinación no hubo un momento en que su corazón no se volviese hacia Egipto. Si cayeron y perecieron por su maldad, ¿podrá extrañarnos ahora que sufran el mismo desastre quienes les imitaron en su proceder? ¿o es que la desgracia que padecieron pone en tela de juicio las promesas de Dios? Entonces, tampoco ahora. Porque nunca, efectivamente, las promesas de Dios pueden crear conflicto a su justicia. Y escucha otra cosa.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

APOLOGÍA DE LOS DESASTRES DE TIERRA SANTA. CAPÍTULO I

APOLOGÍA DE LOS DESASTRES DE TIERRA SANTA


Capítulo 1


No me he olvidado de la promesa que te hice, santísimo papa Eugenio. Hace ya tiempo que me siento deudor tuyo y deseo satisfacerte, aunque sea tarde. Me avergonzaría de esta demora si tuviera que reprocharme por ello de incuria o desconsideración para contigo. Pero no es así. Como bien sabes, han sucedido recientemente tales desastres, que llegué a pensar que podían acabar con todas mis aficiones y hasta con mi vida. Como si el Señor, irritado  nuestros pecados y olvidándose de su misericordia, hubiera determinado juzgar con todo su rigor al universo entero antes del día prefijado. 
No perdono a su pueblo ni a su santo nombre. Porque ¿no dicen ahora los gentiles, dónde está su Dios? Y no es de extrañar que lo digan. Los hijos de la Iglesia, los que se gloriaban de ser cristianos, yacen abatidos en pleno desierto, muertos a espada o devorados por el hambre. Arrojó el desprecio sobre los príncipes, los descarrió por una soledad inmensa y sin caminos. Quebranto y calamidad hallaron a su paso. Pavor, abatimiento y confusión hasta en la alcoba del rey. ¡Qué vergüenza para los que anuncian la paz y para los encargados de traer buenas noticias! Pregonamos paz cuando no había paz; prometimos bienestar y nos vino encima el caos; como si con nuestros proyectos hubiéramos incurrido en temeraria ligereza. Me di de lleno a la obra, y no precisamente al azar, sino porque tú mismo me lo mandaste, como si Dios me hablara por tu boca. 
¿Por qué ayunamos y no nos hizo caso? ¿Por qué nos mortificamos y ni se enteró? Y a pesar de ello no se aclara su ira, sigue extendida su mano. En cambio, con toda su paciencia escucha encima los gritos sacrílegos y blasfemos de estos otros egipcios, que siguen diciendo: con mala intención los sacó para hacerlos morir en el desierto. Pero, a pesar de todo, ¿quién puede ignorar que su justicia es perfecta? Es un abismo tan hondo esta justicia, que con toda razón puedo tener por un santo a quien no se escandalice del Señor.

martes, 4 de diciembre de 2012

CONSIDERACIONES AL PAPA EUGENIO. LIBRO PRIMERO: CAPÍTULO XIV

Capítulo 14


Si eres discípulo de Cristo, deberías consumirte en celo y levantarte con toda tu autoridad contra semejante corrupción universal de la desvergüenza. Contempla al Maestro y escúchale: El que quiera servirme, que me siga. Y no predispone sus oídos para que le escuchen, sino que se hace un látigo para golpearlos. No pronuncia discursos ni los admite. No se sienta en el tribunal; sin más, los azota. Y no oculta el motivo: han convertido la casa de oración en una lonja de contrataciones. Haz tú lo mismo. Huyan avergonzados de tu presencia esos traficantes. Y cuando no sea posible, que al menos le teman; tú también tienes tu azote. Tiemblen los banqueros que confían en el oro, porque nada pueden esperar de ti; que escondan su dinero de tu vista, pues saben que prefieres tirarlo antes que recibirlo.  
Si obras así, con tenacidad y empeño, ganarás a muchos, consiguiendo que trabajen para vivir valiéndose de medios más honestos que el lucro infame; y los demás ni se atreverán a concebir semejantes negocios. 
Por añadidura, podrás disponer mejor de tus tiempos de ocio, como antes te lo indicaba. Porque así encontrarás muchos momentos libres para dedicarlos a la consideración. Y obrarías con toda honestidad, si fueras capaz de no conceder siquiera audiencias para asuntos de pleitos, remitiéndolos a otras personas y resolviendo los que juzgues dignos de tu intervención con un informe previo que sea breve, fiel y apropiado a la causa. 
Te hablaba de la consideración; y pienso extenderme más, aunque lo haré en otro libro, para acabar ya con éste, no sea que te resulte doblemente pesado por su excesiva tensión y por la aspereza de mi estilo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

CONSIDERACIONES AL PAPA EUGENIO: LIBRO PRIMERO. CAPÍTULO XIII

Capítulo 13 

De acuerdo. Es cierto  que han echado raíces otras formas de vida y que han cambiado radicalmente los tiempos y los hombres. No es que nos amenacen nuevos peligros, porque ya son una realidad presente. El fraude, el engaño y la violencia se han apoderado de la tierra. Campean los calumniadores, apenas nadie defiende la verdad, por todas partes los más fuertes oprimen a los más débiles. No podemos desentendernos de los oprimidos, ni negarles la justicia a los que sufren vejación. ¿Y cómo va a ser posible hacerles justicia, si se encarpetan las causas y no se escucha a las partes litigantes? 
LOS ABOGADOS 
Sí; deben tramitarse las causas. Pero como es debido. Porque resulta detestable cómo se encauzan habitualmente los litigios; algo indigno, no digamos ya de los tribunales de la Iglesia, sino hasta de los civiles. Me pasma cómo pueden escuchar tus piadosos oídos unas argumentaciones y contrarréplicas de los abogados, que sirven más para destruir la verdad que para esclarecerla. 
Corrige la depravación, cierra los labios lisonjeros y corta la lengua que propala mentiras. Porque afilan su elocuencia para servir al engaño y argüir contra la justicia, como maestros que impugnan la verdad. Dan lecciones a quienes deberían instruirles y no se basan en la evidencia, sino en sus invenciones. Calumnian ellos mismos al inocente. Desbaratan la simplicidad de la misma verdad. Obstruyen el camino de la justicia. 
Nada puede esclarecer tan fácilmente la verdad como una exposición precisa y nítida. Quiero que te habitúes a decidir con brevedad e interés todas las causas que inevitablemente han de ser vistas por ti, que no tienen por qué ser todas. Y zanja toda dilación fraudulenta y falsa. Lleva tú personalmente las causas de las viudas, del pobre y del insolvente. Obras muchas podrías pasarlas a otros. Y las más de las veces no debes considerarlas ni dignas de audiencia. ¿para qué perder el tiempo en escuchar a gentes cuyos delitos ya se conocen antes del Juicio?

LOS AMBICIOSOS 

Es impresionante el descaro de algunos, que carecen de todo pudor, para llevar a los tribunales sus evidentes ansias de ambición, manifiesta a todas luces en sus pleitos. Llegan a la osadía de apelar a la conciencia pública, cuando bastaba la suya propia para quedar confundidos. No hubo quien humillase sus frentes altivas, y por eso se multiplicaron y se hicieron más soberbios aún. Lo  que no sé es cómo estos hombres corrompidos no temen ser descubiertos por los que son tan depravados como ellos. Y es que donde todos apestan, ninguno percibe su propio hedor. Por poner un ejemplo: ¿siente rubor alguno el avaro ante el avaro, el impúdico ante el impúdico, el lujurioso con el lujurioso? Pues lo mismo: la Iglesia está infestada de ambiciosos. Por eso ya no puede ni horrorizarse siquiera de las intrigas y apetencias de los ambiciosos. Exactamente igual que dentro de una guarida de ladrones, donde se contemplan con toda naturalidad los despojos de los caminantes.

CONSIDERACIONES AL PAPA EUGENIO. LIBRO PRIMERO: CAPÍTULO XII

Capítulo 12

 

LA MALDAD DE NUESTRA EPOCA



¿Qué sucedería si de repente te rindieras de plano a esta filosofía? Desde luego, tus predecesores no lo hicieron. A muchos les resultaría molesto. Seria como si te desviases inesperadamente de las huellas de tus padres e insultases su recuerdo. Te aplicarían aquel proverbio: Haz lo que nadie hace y todos se fijarán en ti, como si pretendieses ser admirado. Claro que no podrías corregir todos los errores ni moderar todos los excesos inmediatamente. Pero, con el tiempo y el tino que Dios te concedió, lo conseguirás lentamente si buscas las oportunidades. Siempre te será factible sacar partido de un mal del que tú no eres responsable. 
Si tomamos ejemplo de los buenos, y no son precisamente los más recientes, encontraremos algunos sumos pontífices que fueron capaces de encontrar para sí espacios para el ocio santo, aunque estaban inmersos en los asuntos más delicados. Era inminente el asedio de la Urbe y la espada de los bárbaros se cernía sobre el cuello de sus habitantes. Y no se encogió el santo papa Gregorio, que no interrumpió su contemplación ni la redacción de sus sabios comentarios. Justamente en esas circunstancias, como se desprende del prólogo, redactó con exquisita elegancia y plena dedicación la última parte de su tratado sobre Ezequiel, la más misteriosa de todas.