Advertencia

Este blog ha sido diseñado para que pueda realizarse una lectura, de un texto de San Bernardo, cada día del año. No obstante, en esta fase se unificarán progresivamente los capítulos para que también puedan leerse como pequeños libros completos. Igualmente se añadirán las cartas de San Bernardo, que nos permitirán hacernos una idea cronológica de en qué época y circunstancias fueron hechos tanto los escritos como los sermones (están en un blog aparte)

martes, 31 de julio de 2012

DE DILIGENDO DEO: CAPÍTULO XXVII

Capítulo 27


  Dichoso quien ha merecido llegar hasta el cuarto grado, en el que el hombre sólo se ama a sí mismo por Dios: Tu Justicia es como los montes de Dios. Este amor es un monte elevado, un monte excelso. En verdad: Monte macizo e inagotable. ¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Quién me diera alas como de paloma, y volaría a un lugar de reposo? Tiene su tabernáculo en la paz, y su morada en Sión. ¡Ay de mí, que se ha prolongado mi destierro! ¿Puede conseguir esto la carne y la sangre, el vaso de barro y la morada terrena? ¿Cuándo experimentará el alma un amor divino tan grande y embriagador que, olvidada de sí y estimándose como cacharro inútil, se lance sin reservas a Dios y, uniéndose al Señor, sea un espíritu con él, y diga: Desfallece mi carne y mi corazón, Dios de mi vida y mi herencia para siempre? Dichoso, repito, y santo quien ha tenido semejante experiencia en esta vida mortal. Aunque haya sido muy pocas veces, o una sola vez, y ésta de modo misterioso y tan breve como un relámpago. Perderse, en cierto modo, a sí mismo, como si ya uno no existiera, no sentirse en absoluto, aniquilarse y anonadarse, es más propio de la vida celeste que de la condición humana. Y si se le concede esto a un hombre alguna vez y por un instante, como hemos dicho, pronto le envidia este siglo perverso, le turban los negocios mundanos, le abate el cuerpo mortal, le reclaman las necesidades de la carne, se lamenta la debilidad natural. Y lo que es más violento le reclama la caridad fraterna. ¡Ay! Tiene que volver en sí, atender a sus propias miserias y gritar desconsolado: Señor, padezco violencia, responde por mí. Y aquello: ;Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?

lunes, 30 de julio de 2012

DE DILIGENDO DEO: CAPÍTULO XXVI



Capítulo 26
  El hombre ama ya a Dios, pero todavía por sí mismo, no por él. Es una gran prudencia comprender lo que uno puede por sí mismo, y lo que puede con la ayuda de Dios, y tratar de no ofender al que te mantiene íntegro. Mas cuando las tribulaciones son numerosas, acudimos sin cesar a Dios, y recibimos continuamente de él la salvación. ¿Cómo no va a enternecer esa gracia salvadora al pecho y corazón más duro, y hacer que el hombre ame a Dios, no ya por sí mismo, sino también por él?

TERCER GRADO DEL AMOR: EL HOMBRE AMA A DIOS POR Él MISMO

   La continua indigencia obliga al hombre a recurrir a Dios con súplicas incesantes. Esta costumbre crea una satisfacción. Y la satisfacción permite experimentar cuán suave es el Señor. De este modo, la experiencia de su bondad, mucho más que el propio interés, le impulsa a amar limpiamente a Dios. Como decían los samaritanos a la mujer que les había anunciado la llegada del Señor: Ya no creemos por tu palabra, pues nosotros mismos hemos oído y conocido que éste es verdaderamente el Salvador del mundo. Digamos también nosotros a nuestra carne: Ya no amamos a Dios por tus necesidades, sino porque nosotros mismos hemos probado y sabemos qué dulce es el Señor. La carne habla, en cierta manera, a través de sus necesidades, y confiesa llena de gozo los favores que experimenta en sí misma. Quien así se siente afectado cumple sin dificultad el precepto de amar al prójimo.
  Ama a Dios de verdad y, en consecuencia, todo lo que es de Dios. Ama con pureza, y no le pesa cumplir un mandamiento puro, porque la obediencia del amor purifica su corazón. Ama justamente, y se adhiere de buen grado al mandamiento justo. Con razón es grato este amor, pues es gratuito. Es puro, porque no se cumple sólo de palabra y de lengua, sino con las obras y de verdad Es justo, pues da tanto como recibe. El que así ama, ama como él es amado. Y no busca sus intereses, sino los de Jesucristo, como él mismo buscó los nuestros. Mejor aún, nos buscó a nosotros mismos. Así ama el que dice: Alabad al Señor porque es bueno. Quien alaba al Señor no porque sea bueno para él, sino porque es bueno, ése ama verdaderamente a Dios por Dios, y no por sí. En cambio, no ama de esta manera aquel de quien se dice: Te alabará cuando le hagas bien. Este es el tercer  grado del amor: amar a Dios por El mismo.

sábado, 28 de julio de 2012

DE DILIGENDO DEO: CAPÍTULO XXV



Capítulo 25

  Mas para que el amor al prójimo sea perfecto, es menester que nazca de Dios, y que él sea su causa. De otra suerte, cómo podrá amar limpiamente al prójimo quien no le ame en Dios? Y no podrá amarle en Dios si no ama a Dios. Conviene pues, amar primeramente a Dios , para amar al prójimo en él. Dios se hace amar, y hace amables todas las cosas. Porque creó la naturaleza y la conserva. La creó de tal modo que necesita continuamente ser atendida por su mismo Creador. Sin él no pudo existir, ni puede subsistir. Para que la criatura lo sepa, y no se atribuya con soberbia los beneficios recibidos, el mismo Creador prueba al hombre con  el saludable misterio de la tribulación. Esa prueba le hace desfallecer, pero Dios le auxilia y le libera: así Dios es glorificado, como merece, por el hombre. Porque lo vemos escrito : Invócame en el día de la angustia, yo te libraré, y tú cantarás mi gloria. De esta manera, el hombre carnal y animal, que sólo sabía amarse a sí mismo, comienza a amar también a Dios por su propio interés: experimenta con frecuencia que en él puede todo lo que es bueno, y sin él no puede nada.

CAPÍTULO XXIV. DE DILIGENDO DEO

Capítulo 24


  Pero ¿qué puedes hacer si, por compartir con el prójimo, vas a carecer tú hasta de lo necesario? Pedírselo, con plena confianza, al que da a todos con abundancia, al que abre su mano y colma de favores a todo viviente. Es imposible que no dé gustoso lo necesario el que tantas veces nos concede vivir en la abundancia. Además lo dice él mismo: Buscad ante todo el reino de Dios, y todo eso se o dará por añadidura. Promete dar lo necesario al que se priva de lo superfluo por amor al prójimo. Buscar el reino de Dios e invocarle contra el dominio del pecado implica llevar el yugo de la sobriedad y de la templanza y no permitir que el pecado reine en tu cuerpo mortal. Y es de justicia compartir los bienes de la naturaleza con el que tiene tu misma naturaleza.

viernes, 27 de julio de 2012

DE DILIGENDO DEO: CAPÍTULO XXIII

Capítulo 23 
  El amor es uno de los cuatro afectos naturales. los conocemos muy bien, y no hay por qué nombrarlos. Si proceden de la naturaleza, lo más razonable es que sirvan, ante todo, al autor de la naturaleza. Por eso el mandamiento primero y más importante es: Amarás al Señor tu Dios, etc. 
   PRIMER GRADO DEL AMOR: EL HOMBRE SE AMA POR SI MISMO 
  Como la naturaleza es tan frágil y enfermiza, la propia necesidad le impulsa a amarse, en primer lugar a sí misma, Es el amor carnal, por el cual el hombre se ama a sí mismo  antes que a ninguna otra cosa. Solamente se preocupa de sí mismo, como dice la Escritura: Primer lo es lo animal, después lo espiritual. Este amor no se intima con ningún precepto: es innato. 
  ¿Quién aborrece su propia carne? Pero este amor suele deslizarse y derramarse en exceso, y no contento con seguir el cauce materno, se desborda e inunda los campos del placer. Inmediatamente te sale al paso, como fuerte dique, aquel otro precepto: Amarás al prójimo como a ti mismo. Es muy justo que quien participa de la misma naturaleza, participe también de la gracia, sobre todo de aquella gracia que viene con la naturaleza. Y si le resulta gravoso atender a las necesidades de los demás e incluso complacer sus caprichos, corríjase primero de los suyos propios, y así quedará libre de toda culpa. Compadézcase de si mismo, todo lo que quiera, pero no se olvide de compadecer igualmente al prójimo. La ley de la vida y de la disciplina te impone el freno de la templanza, para que no corras tras la concupiscencia,y te pierdas; no sea que sirvas con los bienes naturales al enemigo del alma, que es el placer. Es mucho mejor y más honesto compartir estos bienes con el prójimo que con el enemigo. Si atiendes al consejo del sabio, y te apartas de las pasiones; si escuchas al Apóstol, y te contentas con tener lo necesario para comer y vestir; si no te pesa apartar tu amor, un poco al menos, de los deseos de la carne que combaten contra el alma: estoy convencido de que eso que niegas a tu enemigo, lo compartirás sin dificultad con quien comparte su naturaleza contigo. Tu amor, entonces, será puro y bueno: lo que niegas a tus propios gustos, lo vuelcas en las necesidades de los hermanos: Y de este modo, el amor carnal se convierte en social, porque se extiende al bien común.

jueves, 26 de julio de 2012

DE DILIGENDO DEO: CAPÍTULO XXII



Capítulo 22


  Dije más arriba que el motivo de amar a Dios es Dios Y dije bien, porque es la causa eficiente y final. El crea la ocasión, suscita el  afecto y consuma el deseo. El hace que le amemos, mejor dicho, se hizo para ser amado. A él es a quien esperamos, él a quien se ama  con más gozo y a quien nunca se le ama en vano. Su amor provoca y premia el nuestro. Lo precede con su bondad, lo reclama con Justicia y lo espera con dulzura. Es rico para todos lo  que le invocan, pero su mayor riqueza es él mismo. Se dio para mérito nuestro, se promete como premio, se entrega como alimento de las almas santas y redención de los cautivos. 
   ¡Señor, qué bueno eres para el que te busca! Y ¿para el que te encuentra? Lo maravilloso es que nadie puede buscarte sin haberte encontrado antes. Quieres ser hallado para que te busquemos, y ser buscado para que te encontremos. Podemos buscarte y encontrarte, mas no adelantarnos a ti. Pues, aunque decimos: Por la mañana irá a tu encuentro mi súplica, nuestra plegaria es tibia si no la inspiras tú.
  Y ahora, después de haber hablado de la perfección de nuestro amor, expliquemos su origen.

miércoles, 25 de julio de 2012

DE DILIGENDO DEO: CAPÍTULO XXI


Capítulo 21



  El justo no piensa así. Percibe las tribulaciones de tantos descaminados; pues son muchos los que eligen el camino ancho que lleva a la muerte. Pero escoge para sí otro camino más seguro sin desviarse a la derecha ni a la izquierda. Así lo atestigua el Profeta: La senda del justo es recta. Tú allanas el sendero del Justo. Toman un atajo muy práctico y evitan la molestia de tantos rodeos inútiles. Se rigen por un criterio simple y claro : no desear todo lo que ven, sino vender lo que poseen, y dárselo a los pobres. ¡Dichosos los que eligen ser pobres, porque de ellos es el reino de los cielos ! 
   Todos corren, pero hay mucha diferencia de unos a otros. El Señor conoce el camino de los Justos, pero la senda de los pecadores acaba mal. Mejor es ser honrado con  poco que ser malvado en la opulencia, porque, como dice el sabio y experimenta el necio, el codicioso no se harta de dinero; en cambio los que tienen hambre y sed de justicia serán hartos. La justicia es un auténtico manjar, vital y natural, del espíritu que se guía por la razón. Por el contrario, el dinero alimenta tanto al alma como el viento al cuerpo. Si vieras a un hombre famélico cor la boca abierta y los carrillos hinchados, tragando aire para saciar el hambre, ¿no lo tendrías por loco? Mayor locura es creer que el espíritu humano pueda saciarse con bienes materiales. Lo único que hace es inflarse. ¿Existe proporción entre lo corporal y lo espiritual? Ni el cuerpo puede alimentarse del espíritu ni éste de lo corporal. Bendice, alma mía, al Señor. El sacia de bienes tus anhelos. Te llena de bienes, te sostiene y te llena. El hace que desees, y él es lo que deseas.