Advertencia

Este blog ha sido diseñado para que pueda realizarse una lectura, de un texto de San Bernardo, cada día del año. No obstante, en esta fase se unificarán progresivamente los capítulos para que también puedan leerse como pequeños libros completos. Igualmente se añadirán las cartas de San Bernardo, que nos permitirán hacernos una idea cronológica de en qué época y circunstancias fueron hechos tanto los escritos como los sermones (están en un blog aparte)

domingo, 18 de agosto de 2013

SOBRE LA CONVERSIÓN: CAPÍTULO XX


Reprender a los incontinentes, que no recelan profanar sin pudor los órdenes sagrados.


No acusamos al común, pero ni al común podemos excuzar. Dejó el Señor para sí muchos millares. De otra suerte, si la justicia de ellos no nos excusara, y no nos hubiera dejado el Señor de los ejércitos aquella simiente santa, ya en otro tiempo hubiéramos sido arruinados como Sodoma y, al modo que Gomorra, hubiéramos perecido. Se mira, sin duda, dilatada la Iglesia; igualmente el mismo sacratisimo Orden del Clero; el números de los hermanos (a) se ha multiplicado sobre número. Pero aunque multiplicasteis, Señor, la gene, no habéis engrandecido la alegría cuando se ve que no menos falta de mérito es paralelo al aumento de número. Se corre frecuentemente la los sagrados órdenes y a unos ministerios respetables, aún a los mismos espíritus angélicos, los toman unos hombres sin reverencia ni consideración. Pues, ni temen apoderarse de la insignia del reino o llevar la corona, unos hombres, de aquel imperio. En ellos reina la avaricia, impera la ambición, domina la soberbia. Aún la iniquidad y la lujuria tienen allí su principado. En quienes quizá, igualmente, aparecerá entre las paredes la pésima abominación si según la profecía de Ezequiel, cabaremos la pared para ver esta cosa horrenda en la casa de Dios. Porque, después de las fornicaciones, después de los adulterios, después de los incestos, ni aún faltan en algunos las mismas pasiones de ignominia y obras de torpeza. ¡Ojalá que no se hiciesen cosas en tanto grado indignas del hombre, para que ni fuera necesario que el Apóstol, escribiese estas cosas, ni que nosotros las dijésemos.! ¡Ojalá que, ni diciéndolo, se creyese, que tan abominable pasión, llegase a ocupar alguna vez el corazón humano!
 ¿Por ventura aquellas ciudades, madres de esta asquerosidad, no fueron en otro tiempo, anticipadamente, condenadas por el juicio divino y destruidas con el incendio? ¿Por ventura la llama infernal no sufriendo detención, no se adelantó a quitar de sobre la tierra aquella nación execrable, porque sus pecados, con especialidad, eran manifiestos antes del juicio? ¿Por ventura a la misma tierra, como sabedora de tan grande confusión, no la consumió el fuego, el azufre y el huracán tempestuoso? ¿Por ventura todo su suelo no fue reducido a un horrible lago? Se cortaron a la hidra cinco cabezas, pero ¡hay! se levantaron otras muchas. ¿Quién fue el que reedificó las ciudades de la infamia? ¿Quien dilató las almenas de la torpeza? ¿Quien extendió los vástagos venenosos? ¡Hay, hay...! El enemigo de los hombres derramó por todas partes las infelices reliquias de aquel incendio. Roció, con aquella execrable ceniza, el cuerpo de la Iglesia, y aún en alguno de sus mismos ministros esparció algo de aquella fetidísima y asquerosísima materia. ¡Hay.....! linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que Dios adquirió ¿quién podría creer en aquellos tan divinos principios tuyos y naciendo de la religión cristiana, tan lleno de espirituales gracias, que pudieran algún día, hallarse en ti tales cosas?.
Con esta mancha entran en el tabernáculo de Dios viviente; con esta mancha habitan en el templo, manchando el lugar santo del Señor, para recibir un juicio de muchas maneras, porque no sólo llevan unas conciencias cargadas de pecados, sino que en esta disposición se meten en el santuario de Dios. Tales hombres, lejos de aplacar a Dios, le irritan más; cuando parece que están diciendo en su corazón: no buscará la venganza. Le irritan, ciertamente, y le hacen contrario a sí mismos. Yo temo, aún en las mismas cosas en que debieron hacerle propicio. Ojalá que, más bien, antes de comenzar la torre, se sentasen a echar la cuenta sobre sí podrían acabarla. Ojalá que los que no pueden contenerse recelasen profesar la perfección o alistarse en el celibato. Porque es una torre suntuosa y una palabra grande que no todos podemos entender. Sería sin duda mejor casarse que abrasarse y salvarse en el humilde grado del pueblo fiel, que vivir peor y ser juzgado con mayor severidad en la sublimidad del clero. Muchos pues, no ciertamente todos, pero muchos sin duda, ni pueden ocultarse por ser tantos ni por el descaro lo solicitan: muchos fijamente parece que la misma libertad a la que fueron llamados, la han hecho ocasión para los deleites carnales, absteniéndose del remedio del matrimonio y derramándose después en todo crimen.

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