Advertencia

Este blog ha sido diseñado para que pueda realizarse una lectura, de un texto de San Bernardo, cada día del año. No obstante, en esta fase se unificarán progresivamente los capítulos para que también puedan leerse como pequeños libros completos. Igualmente se añadirán las cartas de San Bernardo, que nos permitirán hacernos una idea cronológica de en qué época y circunstancias fueron hechos tanto los escritos como los sermones (están en un blog aparte)

sábado, 13 de julio de 2013

SOBRE LA CONVERSIÓN: CAPÍTULO VIII


Que los carnales deleites y las riquezas son cosas del todo vanas, engañosas y momentáneas.


 Ya sin tardanza, respirando el hombre estas palabras, considerando esto mismo más fácil, se acerca, aunque vergonzoso, y procura sosegar esta irritada víbora. Reprende los deleites de la vida carnal, y acusa de desvaríos los consuelos mundanos, como cosas despreciables e indignas, brevísimas al mismo tiempo y perniciosísimas a sus amadores. Esto, dice, confiesa tu misma, que es así a este perverso e inútil siervo tuyo. Pues no puedes negar, que jamás pudieron satisfacerte en nada todos sus obsequios. El gusto de la gula, que hoy tanto se aprecia, apenas se extiende a la anchura de dos dedos y este tan corto deleite de una parte del cuerpo tan corta, ¿cuánta solicitud suele costar, cuánta molestia suele producir después? Hace que se dilaten monstruosamente las entrañas y el estómago; que entumecido el vientre no tanto se engruese, como que conciba su ruina; y que no pudiendo sostener el peso de la carne los huesos, se engendren también enfermedades varias. Igualmente, ¿con cuántos trabajos y dispendios, con cuánto peligro de la fama y de la honra, y algunas veces también de la vida, se llega a la sima oscura de la lujuria? Y al fin, el deleite desaparece, como un vapor de encendido azufre, quedando demasiado impreso el dolor. A manera de la abeja, derramando un poco de desabrida miel, deja clavado profundamente el aguijón en los corazones, siendo su apetito congoja y bajeza del ánimo, su logro abominación e ignominia, sus consecuencias pesar y vergüenza. 
 Pero los vanos espectáculos, pregunto yo, ¿qué bien pueden traer al cuerpo o qué provecho al alma misma? Ciertamente nada encontrarás en el hombre, para que sea útil la curiosidad. Consuelo frívolo enteramente, inútil, y falso: ni sé yo que pueda anunciar otra cosa más dura, que anhelar siempre el ver otras cosas, el que huyendo de la paz de un dulce sosiego, se deleita en la inquietud de la curiosidad de sus ojos. Se hace claro, por solo esto, que nada hay de deleite en todas estas cosas, pues sólo en su tránsito agradan. Pero nada que sea la vanidad de vanidades se hace claramente manifiesto por su propio nombre. Vano trabajo, sin duda, el de quien se emplea en el logro de la vanidad. ¡O gloria, gloria, dice un sabio, que no eres otra cosa entre muchos de los mortales, que una vana hinchazón de los oídos! Y con todo eso, ¿Cuánta infelicidad acarrea al hombre esa misma vana felicidad, mas bien que vanidad feliz? De ella nace la ceguera del corazón, según lo que está escrito: Pueblo mío, los que te llaman bienaveturado te llevan al error. De ella el obstinado furor de la animosidad, de ella la congojosa fatiga de las sospechas, delecta el cruel torcedor de la emulación, y el tormento más mísero que miserable de una envidia que abrasa: de ella el amor insaciable a las riquezas, que aflige mucho más al alma con su deseo, que la consuela con el uso, como que su adquisición está llena de trabajo, su posesión de susto, su pérdida de dolor. Por último, donde hay muchas riquezas, hay también muchos para comerlas y, ciertamente, el uso de las riquezas está en otros, quedando para los ricos sólo el nombre y la solicitud. Y en todo esto, por unas cosas que son nada, menospreciar aquella gloria que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni cupo en el corazón del hombre, que Dios tiene preparada para los que le aman, no tanto parece necedad como infidelidad. 
 No sin razón ciertamente, burla con vanas promesas este mundo, que está puesto en poder del maligno, unas almas que se han olvidado de su propia condición y nobleza, no avergonzándose de sujetarse a unos animales inmundos en el ministerio, de asociarse a ellos en el deseo, sin lograr aún así saciarse de su infeliz alimento. ¿De dónde pues tan grande cobardía y bajeza tan lamentable y que una ilustre criatura, capaz de la bienaventuranza eterna, y de la gloria del gran Dios, como quien ha sido criada por su inspiración, sellada con su semejanza, redimida con su sangre, dotada con su fe, adoptada por su espíritu, no se avergüence de sujetarse a una miserable esclavitud, bajo de esta podredumbre de los sentidos corpóreos? Justamente, no llega a alcanzar ni aun a estos, quien desamparando a tal esposo, va siguiendo tales amantes. Justamente, tuvo hambre de los despreciables residuos de su comida, y no los logró, quien quiso antes apacentar unos puercos, que ser saciado en la mesa de su padre. Trabajo fatuo en verdad, apacentar a una estéril que no pare y no querer hacer bien a una viuda; descuidar del corazón y cuidar del cuerpo hasta satisfacer sus deseos: engordar y regalar y un cadáver podrido que, poco después, ha de ser comido por los gusanos. Pues el servir al dinero y amar las avaricias, que es culto de los ídolos, o dejarse llevar del apetito de la vanagloria, ¿quién no ve que es manifiesto indicio de haber degenerado enteramente el alma de su nobleza?
 Mas, aunque todo eso fuesen cosas grandes y honestas, cuántas, por ahora, ofrece el mundo a sus amadores. ¿Quién no sabe que en ellas no puede haber seguridad? Tan cierto es, sin duda, su brevedad, como es incierto el fin de su brevedad misma. Muchas veces desamparan al que vive, pues al que muere no le siguen ni una vez siquiera. Pero, ¿qué hay en las cosas humanas más cierto que la muerte; qué más incierto, que la hora de la muerte misma? No se apiada de la pobreza, no respeta a las riquezas, no perdona al linaje, no a las prendas, no a edad alguna: sólo que para los viejos está a la puerta, para los jóvenes en las acechanzas. Infeliz, por tanto, el que poniendo su confianza en las tinieblas y lo resbaladizo de esta vida, emplea un trabajo que ha de perecer; ni advierte que es un vapor que aparece por tiempo muy breve y vanidad de vanidades. ¿Alcanzaste al fin, ambicioso, la dignidad que por largo tiempo deseabas? Guarda lo ue tienes. ¿Has llenado, avariento, tus bolsas de dinero? Ten cuidado de no perderlo. ¿Trajo abundantes frutos tu campo? deshaz lo construido para fabricar otras obras mayores. Da nueva forma a tus edificios, di a tu alma: Tienes muchos bienes de repuesto para muchísimos años.  No faltará quien diga: Insensato, esta noche han de pedirte el alma; estas cosas que has juntado, ¿de quién serán?
 Y ojalá que sólo se perdiesen las cosas que se habían juntado, y no pereciese más tristemente también, el mismo que las juntó. Sería sin duda más tolerable afanarse en un trabajo, que había de traer la perdición. Mas ahora, los estipendios del pecado son la muerte: y los que siembran en la carne, de la carne cogerán la corrupción. Porque ni nuestras obras pasan, como nos parece, sino que todas las cosas que hacemos en el tiempo, son como una simiente, que se echa para la eternidad. Se asombrará el insensato, cuando vea que de tan corta simiente sale mies tan copiosa, o buena, o mala, según la calidad de la simiente. El que medita esto, ningún pecado reputa por pequeño del todo, porque aprecia más la mies, que se espera, que la simiente. Siembran pues los hombres sin advertirlo ellos. Siembran cuando ocultan los misterios de iniquidad, cuando encubren consejos de vanidad, cuando andan en las tinieblas los negocios de las tinieblas. 

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