Advertencia

Este blog ha sido diseñado para que pueda realizarse una lectura, de un texto de San Bernardo, cada día del año. No obstante, en esta fase se unificarán progresivamente los capítulos para que también puedan leerse como pequeños libros completos. Igualmente se añadirán las cartas de San Bernardo, que nos permitirán hacernos una idea cronológica de en qué época y circunstancias fueron hechos tanto los escritos como los sermones (están en un blog aparte)

viernes, 28 de septiembre de 2012

LIBRO DE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO: CAPÍTULO XLVI


Capítulo 46


       Entonces, ¿toda la obra y el mérito del libre albedrío está en dar su consentimiento? Exactamente. Y aun ese consentimiento, del que dimana todo mérito, no procede del hombre. Porque si no somos capaces de pensar nada por nosotros mismos, mucho menos de dar el consentimiento. 
   TODO PENSAMIENTO BUENO PROCEDE DE DIOS. EL CONSENTIMIENTO Y LA OBRA TAMBIÉN, PERO NO SE DAN SIN NOSOTROS.   Estas palabras no son mías, sino del Apóstol, que atribuía a Dios y no a su libre albedrío todos los pensamientos, deseos y obras buenas. Por consiguiente, si es Dios quien realiza en nosotros estas tres cosas, esto es, quien nos hace pensar, desear y obrar el bien, es evidente que lo primero lo hace sin nosotros, lo segundo con nosotros y lo tercero por nosotros. Se anticipa a nosotros inspirándonos un buen pensamiento. Nos une a El por el consentimiento, cambiando incluso nuestros malos deseos. Y se convierte en el artífice interior de la obra que nosotros hacemos externamente, dándonos la facultad y facilidad de dar el consentimiento. Nosotros no podemos anticiparnos a nosotros mismos. Por lo tanto, Dios, ante quien nada es bueno, a nadie puede salvar si El no se anticipa con la gracia. El comienzo de nuestra salvación, sin duda alguna, viene de Dios. Y no por nosotros  ni con nosotros. El consentimiento y la realización tampoco proceden de nosotros, pero no se dan sin nosotros. 
   SIN LA BUENA VOLUNTAD NO SON POSIBLES NI EL CONSENTIMIENTO NI LAS OBRAS.-Por tanto, ni lo primero tiene mérito, porque no hacemos nada; ni tampoco lo último, pues muchas veces nos impulsa a ello un temor inútil o un disimulo reprensible. Sólo tiene mérito lo segundo. Muchas veces basta la buena voluntad. Y si ésta falta, todo lo demás es inútil. Repito que son inútiles, pero para quien las hace, no para quien las contempla. Según esto; de la intención nace el mérito. La acción sirve de ejemplo y el deseo que procede de ambas sólo sirve para excitarlas.

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